Biografía breve de fray Romeo
La ciudad de Olavarrìa, en el corazón de la provincia de Buenos Aires quedó conmocionada cuando supo la noticia de su muerte: “El corazón del fraile de los pobres se detuvo ayer al mediodìa”, “Toda una vida para los demás”, “Llora la ciudad”, “Jamás pidió nada para sí mismo”, “Olavarría ya tiene un santo que intercede por nosotros”, “Un aplauso por el gran franciscano con oraciones, cánticos y vivas se despidió de fray Romeo”, decian los titulares de los periódicos locales. Gente de toda edad y condición, del centro y de los barrios, acudieron espontaneamente al templo de San Francisco para testimoniar su amor por él, dedicarle una oración y tocar sus restos. Se había ganado el respeto y la admiración del pueblo y el Municipio declaró el estado de duelo. Contaba un cronista que, a pesar del dolor, la despedida fue emocionante, pero sin tristezas, al estilo franciscano, que llama “hermana” a la muerte y la interpreta como un paso a la Vida.
Romeo, nacido en Maerne, cerca de Venecia (Italia) el 29 de febrero de 1922, fue el quinto hijo de Mario y Ángela Bertolo y no hay duda de que fue un protegido. El médico le daba pocas horas de vida, pero su tía Luisa no quiso creerlo y propuso que lo bautizaran con fiesta incluída. Sobrevivió y doce años después ingresaba en el seminario de los Franciscanos Menores Conventuales de la Provincia de Pádua. El 9 de febrero de 1939, con 16 años, concluía el noviciado con la profesión temporal. Meses más tarde estallaba la Guerra Mundial y Romeo, como enfermero de la Cruz Roja, confortó a muchos cuerpos doloridos y consoló a muchas almas angustiadas. En cierta ocasión la artillería aérea bombardeó el tren en el que viajaba y él fue el único superviviente de su vagón. Otro día, ametrallaron el camión donde se encontraba y , sin saber cómo, se encontró en una zanja junto al camino, completamente ileso. Acabada la guerra tuvieron que extraerle dos tumores cancerígenos de la vejiga.
Su mala salud era tan evidente, que nadie hubiese apostado por él como misionero, pero él se ofreció voluntario y en 1950 desembarcaba en América. En Uruguay se sorprendió de ver tanta pobreza y, convencido como estaba de que su obligación religiosa era dar de comer al hambriento y consolar al enfermo antes de acudir a Dios en la oración, enseguida multiplicó sus esfuerzos para conseguir comida, ropas y remedios que aliviaran la penuria de los más desprotegidos.
Trasladado a Olavarría (Argentina) para una suplencia de dos meses, sucedió algo extraño: Giacelli, un plantador de ajos paisano de fray Romeo, encontrò una imagen de la Virgen y un frasco lleno de monedas y un papel que decía: “No me saquen de aquí. Hagan algo para cuando llueve, que yo hago muchos milagros”. Encargado del caso por el párroco, lo primero que hizo el fraile fue solicitar sin éxito a la dueña de aquellas tierras un trozo de terreno para levantar un templete a la Virgen. Pero el hecho se divulgó, la gente empezó a a venerar el lugar donde apareció el frasco y ya se hablaba de milagros. Con el tiempo se formó una comisión a favor del templo y cuando fray Romeo regresó a donde la dueña no tuvo que pedirle nada, pues ella misma le rogó que la Virgen se quedara en sus tierras. Los trabajos se iniciaron y procedieron entre grandes dificultades económicas, pero siempre ocurría un “pequeño milagro” de última hora que hizo posible la culminación del Santuario de la Virgen, que hoy es ya parte integrante del paisaje de Olvarría. Treinta y un años después del hallazgo, los restos de fray Romeo reposan a pocos metros de la Virgen de la Loma.
Fray Romeo despertó admiraciones, pero también críticas: “Alimenta a vagos”, decían, mas él siguió paseando su figura insólita por Olavarría durante tres décadas, recorriendo despachos oficiales para pedir por sus pobres, cantó en despachos públicos y privados antes de pasar la gorra pidiendo limosnas para su obra de Cáritas. Con peor o mejor gusto, se puso una hélice en la gorra, se atravesó la cabeza con un puñal de teatro y se convirtió en un payaso que gastaba bromas y las aceptaba. Hasta llegó a crear la “fiesta de los locos”. Sólo sus ojos traicionaban la aparente locura y mostraban a quien quisiera mirarlos un profundo sufrimiento. Romeo no era un payaso. Lo hacía sólo para ablandar los corazones y aflojar los bolsillos, sabiendo que una sola moneda suponía medio kilo de pan para una familia hambrienta.
Fue padre e hijo de los olavarienses. Protegió y fue protegido. Además de conseguir comida, ropas y remedios para los pobres, consoló y alimentó a los delincuentes que iban a parar a la comisaría, sin importarle si eran inocentes o culpables. Sólo contaba su desgracia. Fue asaltado, amenazado y robado. mas no por eso dejó de ayudar a los presos: “Yo no pregunto nada al que tiene hambre. Si es vago, si cayó preso, algo habrá pasado en su vida que lo llevó a ello. No todos los que devieran estar dentro lo están”.
Cuando preguntaban a los chicos en catequesis si conocían a alguien que, según ellos, fuese un santo, la respuesta era siempre la misma: “la Madre Teresa y fray Romeo”. “Lo que siempre nos resultó incomprensible – decía un miembro de Caritas Monteviggiano – fue la vitalidad de fray Romeo. Dormía muy pocas horas. Muchas veces apenas dos, para levantarse con toda la energía para ir a la terminal de ómnibus, de donde lo habían llamado en la madrugada, porque había alguna persona sin recursos, sin comida, varada en Oalavarría. Y se hacía cargo de ella en el acto, hasta que se le aseguraba que estuviera protegida”. “Veo esas manos blancas, limpias – contaba Eusebio ante sus restos mortales -. Muy pocas veces puedo decir que fue asì. Esas manos siempre las vi percudidas, lastimadas por el trabajo con las papas, con las vacas, con las cajas, con todo lo que conseguía en sus recorridos por todos los rincones de la ciudad”. “Siempre estará en nuestros corazones su figura cordial y afable -aseguraba Norma – Su entereza en el largo camino de la vida lo llevó a padecer una cruel enfermedad, sufriendo silenciosamente el dolor y, como burlándose del mismo, un día antes de partir para siempre dijo: ¡Cómo estoy perdiendo tiempo!” El Consejo Deliberante de la ciudad declaraba, por su parte: “La inconmensurable obra del bien público de fray Romeo deja para el porvenir el luto de una superlativa y magnánima pesonalidad que por muchas razones en la manera de sentir el amor al prójimo, de ofrendarse a los demás y de manifestar solidaridad real, para con los más necesitados, hará virtualmente insustituible su personal tarea de bien”.